lunes, 23 de noviembre de 2009

Gabriela

Hubo algo que me marcó para siempre cuando vivía en el departamento de la San Juan y Junín en Tucumán. Tenía un balcón muy grande, donde salía a fumar y a asomar la nariz al mundo cuando estaba harta de leer deberes seres para la facultad. Al frente, había una de esas casas antiguas tucumanas, con puertas altas y ventanas grandes que dan al suelo, siempre cerradas. En el techo derroído por la desidia y los años, sobre unas molduras de otros siglos y sin más tierra que el smog de la ciudad había un montón de plantas que varias veces al año florecían amarillo. Esa imagen era para mi tan libertaria como contradictoria. Esa imagen era el contrasentido de esa ciudad y de esos tiempos, a veces era yo misma, y a veces un empujón cuando las ganas flaqueaban. Plantas en el techo... desde esos años las persigo por donde voy, lugares delirantes donde aparece irreverentemente el verde.



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